Las difusas fronteras del poder

PEROT

La Constitución define a las Cortes como los representantes del pueblo español, como legisladores, responsables de aprobar los presupuestos y como ejecutores del control de las acciones del Gobierno. También declara la inviolabilidad de las mismas.

Cuántas fronteras trazadas en tres cortos párrafos del artículo 66 y qué desdibujadas están.

La representatividad la legitima el pueblo, obvio, pero cuando los diputados pierden ésta, ¿qué opciones tiene la ciudadanía? Son únicamente las urnas las que pueden cambiar un Gobierno, salvo que el Parlamento haga una moción de censura y cumpla con el debido control del Ejecutivo. Pero las mayorías absolutas es lo que tienen y este control desaparece.

El descontento es general y las acciones del Gobierno, puestas en cuestión. Las comparecencias en el Congreso sobre la crisis bancaria no ha hecho más que echar gasolina al fuego. Nadie asume responsabilidades más allá de aquellas que no les implican en nada. La pelota pasa de un tejado a otro y no termina de caer. Las decisiones fueron, en todo momento, las correctas. Todo se hizo como se debía hacer. Sin embargo, nada ha funcionado. Más bien parece una farsa.

Pensando en la ausencia de mala fe en la toma de esas decisiones, solo queda una interpretación: han sido unos incapaces y unos inútiles. A la luz de los resultados, bien podría haberlo hecho un becario de segundo año mileurista. Para más chanza, los comparecientes han cobrado sueldos y cantidades que la mayoría de los españoles no veremos nunca.

No piden perdón, más bien es la arrogancia el gesto predominante. La soberbia de quién se siente poderoso, protegido y a salvo. Mientras tanto, los ciudadanos contemplan boquiabiertos como se les va desnudando poco a poco de sus derechos, como sus ahorros se esfuman y como su futuro ennegrece. Para ahondar más en la herida, se les culpabiliza de vivir por encima de sus posibilidades, se les tacha de vagos por cobrar el paro y se les pide un sacrificio desde donde no se ve ninguno. ¿Cómo vamos a aceptar a quiénes nos dicen lo que tenemos que hacer, pero que ellos no lo hacen? Es inasumible.

Los ciudadanos salen a la calle a protestar, pero también a pedir las explicaciones de quién debe darlas y no las da, salvo excepciones. Y por eso pretenden llegar al Congreso, su casa, donde reside su soberanía, a manifestar su descontento y a esperar que sus representantes salgan y les digan algo. Pero el Congreso está vallado, rodeado, defendido con policías y de allí no sale nadie. Cuando lo hacen, es a bordo de sus coches blindados, por la puerta de atrás y con protección policial. No está el horno para bollos.

El Congreso en inviolable, lo que viene sonando a como tener pasaporte diplomático. Cuántas inviolabilidades, cuántos derechos, cuántos fueros y qué férreamente guardados para quienes tienen el bastón de mando.

Corre por Internet y las redes sociales una convocatoria de acampada frente al Congreso el 25 de septiembre. El motivo, la gestión de la crisis. El objetivo, la disolución de las Cortes y el inicio de un proceso constituyente. Pero el 25 de septiembre el palacio de la Carrera de San Jerónimo estará blindado y la verdadera frontera se dibujara por el centro mismo de la calle. A un lado el pueblo, al otro, la clase política parapetada y de espaldas a quiénes les eligieron. En medio, las vallas y los antidisturbios. No es una llamada a la sedición, sino a la cordura de los que demuestren su grandeza eliminando las fronteras.

 


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