Habitación 114

GUSTAVO HERMOSO

El último refugio mide 15 metros cuadrados. Es lo suficientemente amplio para una cama, una mesilla y un gran ventanal que ocupa toda una pared. En un corto pasillo hay un baño y un armario que guarda la poca ropa necesaria. Fuera de ese lugar no hay más que pasillos y salas comunes con iluminación de neón. Un comedor y ascensores que llevan al exterior.

En esos 15 metros se concentran los despojos de una vida que ya no es tal, salvo por el incansable latir de un corazón que bombea la sangre cada vez con más dificultad. Algunas fotos de familiares y poco más. Es el final de una andadura larga que se acaba. En la puerta, un número; por ejemplo, 114.

La eternidad impresa en el corazón de los humanos se va desvaneciendo al mismo tiempo que adelgaza el calendario. Cuando quedan pocas hojas, queda poco de todo. La vida son los recuerdos y cuando estos desaparecen diluidos en imágenes confusas, la vida se acaba. El corazón puede seguir latiendo, los órganos, funcionando, pero la experiencia vital es tan débil que lo que se vive es una no vida.

Qué fácil es hacer enseñanzas de todo esto, convertirse en gurú de la vida de los demás, dar consejos y opinar. Qué tentación aprovechar la imagen de un anciano y el final de sus días para construir un texto que hable de lo que hay que hacer y de lo que no. Qué miseria la de quién se acerca a la senectud en actitud moralizante. Qué cerca he estado de cometer ese error.

En esa habitación, pongamos que la número 114, hay un espejo. Quién se vea reflejado en él como condición intrínseca de la vida, sacará sus propias conclusiones. Mientras, la vida sigue, cada cuál en su casa, con sus miserias, alegrías y pasiones. Cada cuál con su ancianito de turno, en una residencia, en una casa, al otro lado del teléfono. Y cada abuelo con su realidad, consciente, inconsciente o imaginaria, adelgazando el calendario.

Mientras, extramuros de ese reducto último e íntimo, una pléyade de miserables hace negocio descontando latidos a otras vidas y sumándolos a las suyas. Es la ley del traidor, aquel que se aprovecha de la debilidad del otro para su propio beneficio. Son a estos a los que está reservada la antesala del más profundo de los infiernos de Dante que ocupa Judas.

La habitación 114 se quedará libre. Quizá sea la naturaleza la que la desaloje o tal vez la codicia de quién hace caja y negocio con los débiles. Miles de ancianos abandonan las residencias. Unos camino del camposanto, otros de regreso a una casa donde malvivirán varios de su pensión o malvivirán todos con el abuelo, porque la vejez, aunque nos iguala, nos diferencia. De un lado están los afortunados que pueden costear una atención digna al mayor, del otro, los que no.

Es una cuestión de dinero, como casi todo. En estos momentos el dinero de todos se está transvasando al bolsillo de unos pocos. Es momento de mirar al espejo, pongamos que al de la habitación 114.

 


0 comments
Submit comment

You must be logged in to post a comment.