Los kilómetros pequeñitos

GUSTAVO HERMOSO

Aunque tengo más canas que otra cosa, tengo que reconocer que me gusta el scalextric. Desde pequeñito me fascinaban las carreras de esos coches eléctricos por las pistas negras. Qué velocidad, qué riesgo. Imaginaba, y aún lo hago, las sensaciones que deben vivir esos pequeños pilotos a bordo de esas miniaturas. Allí, inmóviles, impertérritos, lanzados a toda velocidad hacia la próxima curva, sin más protección que su casco blanco y el valor de su corazón de plástico.

Recuerdo que una vez mis amigos y yo hicimos cálculos de cuánta sería la velocidad real de aquellos bólidos de juguete. Había que calcular las escalas y las distancias para hallar la velocidad relativa sobre la pista. Llegamos a una conclusión, aquellos cochecitos recorrían igualmente kilómetros por hora, pero kilómetros pequeñitos.

Cuando uno es niño, todo parece más grande. La habitación donde dormíamos, la cama, la casa misma, el colegio, los padres y, cómo no, los juguetes. Esos coches de colores, que no miden más de 12 centímetros, parecían enormes cuando se miraban a ras de suelo o acostado, poniendo el ojo a la altura de la pista para verlos pasar a toda velocidad derrapando. Es cuestión de escalas, como la vida misma.

Eso debe pasarle a María Dolores de Cospedal, presidenta de Castilla-La Mancha, que ve su comunidad a escala. Debe de ser la grandeza del cargo o la propia personal la que ajusta las proporciones del mapa a su percepción particular. De qué, entonces, que asegure que ningún pueblo estará a más de quince minutos de un centro de urgencias después de cerrar un buen puñado de ellas para ahorrar.

Visto bien, a escala de scalextric, esa distancia se podría recorrer incluso en mucho menos tiempo. La vida es un juego a los ojos de la presidenta autonómica y los ocupantes de esos coches en miniatura, meras figuritas como de belén. No creo que tengan la misma percepción, la misma escala de las cosas, los habitantes de esos pueblos que ven como se aleja el bienestar y la seguridad, esta vez de una forma física, cuantificable.

Los políticos, como todos los que detentan el poder, ven a los demás como integrados en un diorama en el salón de su casa. Al fin y al cabo y en esas proporciones, las distancias no son tantas. Recuerdo que una tarde con mis amigos nos hicimos todo un señor Rally de Montecarlo en apenas dos horas. Como Cospedal, que ve los pueblos muy cerquita unos de otros, como juntitos. ¿Habrá puesto la excelentísima señora un cochecito a escala sobre el scalextric de su despacho en la Junta y habrá echado cuentas?

Quizá se emocione y ponga el ojo a ras de pista para apreciar más la velocidad y el riesgo de esos coches recorriendo esos kilómetros pequeñitos en busca de un médico y quizá, en un exceso de pasión o en un error de cálculo, apriete demasiado el mando y el coche se salga impactando desafortunadamente contra su ojo. Entonces la señora Cospedal montará en su coche oficial, que a toda velocidad y con el paso franco por sendas parejas de la Guardia Civil, recorrerá unos kilómetros en mucho menos de quince minutos y será atendida en un centro, seguramente privado, como se merece.

El ojo de su excelencia quedará sanado en un pis pas y regresará tal y como fue: en coche oficial franqueado por la benemérita. En el suelo de su despacho, junto al asfalto de juguete, seguirá esperando el cochecito de plástico, fuera de la pista, varado, esperando a que alguien lo recoloque y recorra por fin esos kilómetros pequeñitos. La cara de los ocupantes seguirá inmutable, eternamente concentrada en la siguiente curva. Al fin y al cabo todo es un juego y cuestión de escalas, sobre todo para Cospedal.

Para los afectados reales, los de esos pueblos, los kilómetros son de mil metros y no precisamente de los pequeñitos.

 


0 comments
Submit comment

You must be logged in to post a comment.