Y el águila cayó con gran estruendo

GUSTAVO HERMOSO

Foto LIFE

Resulta que el águila imperial que coronaba la cancillería nazi estaba hueca. Ese ave poderosa posada sobre la esvástica cumplía su misión como emblema en lo más alto del edificio. En sus peores días, antes de ser desguazada o fundida, entre los cascotes de los bombardeos, siguió cumpliendo esa misión, mostrar la realidad.

No es menos cierta una que otra. El brillo y el poder en lo alto del Reichstag era tan real como se mostraba. Sus atributos de metal estaban sostenidos por un pueblo que en algún momento creyó en ellos. Abatida desde lo alto, muestra su otra faz: la oquedad de su interior y la insustancialidad de un sistema. Todo un símbolo, incluso derribada.

Vivimos en una sociedad de símbolos huecos, como el águila de los nazis, que su único valor ya no reside en lo que representan sino en la fe depositada en ellos. Y de fe en los símbolos andamos escasos por estas latitudes. Seguramente porque uno tras otro se han ido dando la vuelta, han sido derribados o se han desmoronado mostrando su envés vacío.

Esta es una sociedad vacía en esencia, en la que el acero se ha ido sustituyendo por el cartón piedra o el plástico y nos ha parecido bien a todos. Sin embargo, de un material u otro, el relleno ha sido el mismo; nada. Símbolos en forma de instituciones, como las Cámaras, los tribunales, la Iglesia, la Administración o la Corona se muestran cada día más vacuos. La fe, la confianza en ellos es tan nimia, que a duras penas se sostienen si no fuera la inercia y por los esfuerzos desde su interior para conservar esa clase privilegiada que vive de y para ellos.

La cara posterior, esa que se aprecia cuando nos vamos o huimos, está llena de inmundicias acumuladas por el tiempo. La costumbre nos ha ido formando de tal manera que hasta en las relaciones personales casi todo es fachada. Parece como si fuera suficiente lustrar la cubierta y mantenerla brillante para que todo parezca estar en su sitio, hasta que un día un golpe de viento, un infortunio o una revuelta dan al traste con el equilibrio del estandarte y todo se va al garete. Ya lo sabíamos, estaba hueco, pero hasta que no han venido mal dadas todos hemos jugado a contemplar el brillo de los símbolos y su fortaleza hasta con admiración. Luego son como todos, apariencia nada más.

Parece que no quede nadie macizo en esta civilización de atrezzo y decorado, alguien que lleve dentro lo que muestra, aunque no sea bonito, aparente o reluciente. Una parte trasera como la delantera, hecha del mismo material y no de aire o humo.

Aún tiene que pasar un tiempo para que se aprecie la verdadera naturaleza de las cosas y no su apariencia. Mientras, los que muestran su cara con la misma naturalidad y sinceridad como su cruz lo tienen claro, son los perdedores. No están adaptados a unas reglas de juego en las que todo es de verdad hasta que cae o se le derriba. Cuando no queden símbolos o nadie crea ya en ellos, las reglas cambiarán y los no adaptados serán los lustrados y repeinados, aquellos a los que nadie crea y en los que nadie confíe.

Mientras solo nos quedará observar la majestuosa águila imperial abatida en el suelo de Berlín mostrando sus vergüenzas, y esperar a que otras águilas caigan y muestren lo que ya sabemos, que están huecas.

 


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