Un quinceavo de segundo

GUSTAVO HERMOSO

Foto Shorpy Historical Photo Archive.

Barrendero en la calle Washington, Nueva York, marzo de 1943.

Me atraen poderosamente las fotos antiguas. Esas fotos envejecidas, desvaídas que atraparon esos momentos de felicidad o insulsamente cotidianos. Es alquimia en estado puro, la esencia de la vida atrapada entre la emulsión y el objetivo. Es la sonrisa eterna, la mirada fija, la emoción detenida como un reloj que solo marca una hora.

No lo puedo evitar. Cuando contemplo esas imágenes viejas, en las que la vida se detuvo en un quinceavo de segundo, comienzo a calcular mentalmente cuántas de las personas que aparecen estarán vivas. A veces no hay duda, todas son un montón de huesos. En otras, por la cercanía de la instantánea, la suerte está repartida, pero en cualquier caso ya nada es igual. Los rostros, la ropa, los paisajes se han decolorado por el efecto de la química, que obstinadamente nos recuerda que el tiempo solo transcurre en un sentido.

Cuántas cosas hubiéramos hecho si supiéramos que al final nos contemplaríamos así, agrietados y recogidos en las pequeñas proporciones de diez por trece centímetros. Encuadres cuadrangulares en los que todo se fragmentó hasta el nivel de un corpúsculo de haluro de plata o de una sucesión de números en una tarjeta de memoria.

Es la máxima enseñanza del tiempo, la demostración de que la carrera, por más que holgazaneemos, llegará a su fin. Es el aviso de que hay que hacer lo que hay que hacer, no porque nuestra nómina se haya esfumado o la decrepitud social nos toque bajo la línea de flotación convirtiendo en incómodo nuestro apacible sofá, sino porque la vida, observada a través de un álbum de fotos, se torna tan efímera y apasionante, que sería un pecado, el mayor de ellos, vivirla solo como espectador.

Malos tiempos para la trascendencia estos que nos ha tocado en suerte, pero no muy diferentes a los que les tocó a los de la fotografía ajada, meros recuerdos de vidas ya inexistentes. Tiempos en los que hay que decidir, como en todos, si la vida la vivimos o la contemplamos. Tiempos, como todos, en los que el inexorable reloj se empeña en descontarnos latidos y en los que no podemos dejar de hacer las cosas.

A veces, todo se reduce a la pose, el gesto, la mirada que entregamos para pasar a la posteridad, aunque sea a través de una foto que quizá nunca se revele. A veces solo queda eso, porque solo posamos. Sin embargo, hay otra persona en esa foto, una que no vemos, aquella que activó el obturador en ese instante y no otro, el chamán que nos conecta con lo intangible, con lo intemporal, con lo eterno.

La sucesión de imágenes que resulta de proyectar la vida, la de cada uno, está compuesta por innumerables disparos, incontables capturas de la realidad en la que podemos ser parte activa o pasiva. Yo me quedo con la parte de quién sujeta la cámara, de quién elige qué pasará a la posteridad, porque esta vida es para vivirla y no solo para contemplarla.

Salir en la foto no es lo importante, lo trascendental es atrapar el instante. El resto se convierte en suerte, en azar, en combinaciones de múltiples factores incontrolables, que en el intento de manejar nos hacen perder la compostura y el gesto, mirar para otro lado o hacerlo a la cámara con los ojos cerrados. Es solo cuestión de vivir el momento, aunque solo dure un quinceavo de segundo.

 


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