El discreto encanto de la realeza

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GUSTAVO HERMOSO

Juan Carlos I está maltrecho. No es para menos tras una vida de rey. A sus 75 años, edad no demasiado avanzada para lo que se gasta últimamente, está bastante cascado. Sobre todo en el tema de las articulaciones. Parece ser que los Borbones arrastran una propensión a la artrosis de forma genética. Mala cosa esa de los huesos. Ahora le toca a la columna, que ha dicho basta. Le van a meter en bancada mientras otros se tienen que conformar con paracetamol.

Mirando con detenimiento las pasadas por el taller, como las llama el monarca, se puede apreciar que la mitad de ellas, sobre todo desde que ascendió al trono en 1977, tienen relación con la buena vida, es decir, con una vida de reyes.

Poco me importa lo que hace don Juan Carlos en su vida privada, salvo que su modo de vida sea peligroso. Cuando una persona tiene un rango alto en la sociedad, con una parcela de influencia o poder importantes, todo lo que le sucede es trascendente. Si las actividades del rey pueden ocasionar un vacío de poder, aunque sea un poder limitado como el suyo, pasan a ser relevantes. Parece que no volverá a empuñar una escopeta de esas gordas de matar elefantes y con retrocesos que tumban a los mismísimos reyes, pero si quiere hacerlo, que abdique. Otra cuestión es lo que les parezca a los elefantes y a los republicanos.

Otra lectura de los descalabros reales son las actividades en las que el Borbón se ha roto algo. El esquí, una de sus grandes pasiones, se ha llevado por delante varios huesos y la caza, le ha deparado algún que otro susto. Vida de lujo, vida de reyes, buen comer, buen beber, buen cazar y buen esquiar. Dentro de esa vida lujosa, como no podría ser de otra forma, están las reparaciones de lujo. Hospitales, cirujanos y todo un despliegue de medios para que su majestad, aunque se cuide poco, pueda seguir al frente de la institución.

Sin embargo, la naturaleza se empeña en recordarle que la composición de sus huesos no es muy distinta a la del resto de los mortales y que el colesterol, aunque viaje en un torrente azul, atasca igualmente las arterias. Hasta ahí las similitudes, el resto son todo diferencias de quién vive así por estirpe y no por méritos propios o por el azar o la fortuna en forma de combinación ganadora de un jueves con bote.

De cualquier forma, el gráfico que ilustra esta entrada muestra unos datos que ya quisiéramos más de uno para nosotros. Bien cambiaría alguno una cadera rota por unas buenas vacaciones dándole al esquí en hoteles de lujo y compañías de postín. Es lo que tiene ser rey, la buena vida y la buena reparación. Ahí están esas prótesis premium en las caderas reales, manteniendo el tipo y la compostura, aunque sea ayudado de unos bastones. Y qué bastones, oiga.

 


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