Usted es un paracaidista

Texto e ilustración: GUSTAVO HERMOSO

Por si no lo sabía, usted es un paracaidista. Sí, casi no se acuerda, hace mucho que le soltaron en este mundo sin instrucciones, sin mapa ni nada. Se encontró en un lugar extraño, desorientado y sin saber qué hacer.

Tuvo ayuda. Sus padres seguramente le alimentaron y cuidaron, posiblemente le dieran su amor y cariño. Le transmitieron su experiencia. O tal vez no. Puede que usted no tuviera una buena infancia y careciera de alguna de estas cosas o de todas.

Sea como fuere, salió adelante. Aquí está la muestra; ¿Acaso no está usted leyendo estas líneas? Eso significa mucho, mucho más de lo que imagina. ¿O quizá no?

Significa que tiene un ordenador, suyo, robado o del vecino. También tiene electricidad y cobijo, ya que esos aparatitos se llevan mal con el agua y puede que llueva. También, que sabe leer y ha tenido acceso a una educación. Ah, y salud o al menos vista suficiente para leer. Todo muy obvio.

Sin embargo, también disfruta usted de capacidad de comprensión. Las letras no forman solo palabras, sino oraciones y estas, ideas. Ideas que usted procesa y le conmueven, irritan o dejan indiferente. Es decir, tiene usted capacidad de comprensión y de juicio. Sea consciente de esta capacidad y utilícela si cree conveniente, pero volvamos a la condición de paracaidista.

¿Acaso usted no ha hecho lo que ha podido con las herramientas que se ha ido encontrando a lo largo de la vida? Seguro que sí. Es más, estoy seguro que, a pesar de sus pesares y de los míos propios, ha hecho lo que mejor que ha sabido hacer en cada momento. Ha ido arreglándoselas como ha podido. Se ha arrepentido de cosas, quién no, y ha aprendido, sobre todo eso. ¿O no?

La condición de paracaidista, no hablo de los saltos de salón, acrobáticos o de placer, sino de aquellos que le dejan en un erial o una tupida selva, marca toda su vida. Vamos aprendiendo como podemos, con tropiezos, caídas, avances y aquí está, leyendo estas líneas y diciendo que nada de lo que lee es nuevo. Pues claro, todo esto le suena, quizá le resulte familiar.

Sin embargo, se encontrará o se habrá encontrado con alguna persona en su vida que, con bondad, maldad o condescendencia, le habrá dicho cómo son las cosas. ¿Y cómo son las cosas? Yo no se lo voy a decir, aunque la tentación es fuerte y a veces he sucumbido a ella, porque soy un paracaidista como usted, inquieto, despistado y lúcido a ratos, que va descubriendo su propio mundo al tiempo que avanza. Ya tenemos ambos, usted y yo, bastante con eso.

Porque hay mucho pontífice de la verdad, aquel que dice tener las claves de la vida, aquellos que interpretan las cosas, que descubren la realidad que usted, pobre paracaidista, no ha visto aún. Proselitistas del saber, del conocimiento con minúsculas, personal, íntimo e intransferible. Por cierto, ni más ni menos que como el suyo.

Salvadores en definitiva de almas y de paracaidistas errantes y perdidos, a los que la luz les llega en forma de consejo, cuando no de orden. Gente que se ha hecho con el monopolio de la verdad y es capaz de interpretar todas y cada una de las condiciones humanas, de sus interacciones y consecuencias. Capaces de discernir mucho más allá de lo que quizá sea capaz usted o yo mismo, quién puede decir que no, capaces de saber lo que hay y lo que no hay que decir, de lo que hacer, de lo que es bueno y de lo que es malo, de en quién confiar y de en quién no.

Posiblemente tengan razón o no, pero comparten con usted y conmigo la condición de paracaidista. Seguramente han hecho lo mejor que han podido en la vida con las herramientas que han recolectado y sus decisiones han sido las mejores que podían adoptar en cada momento. No me cabe la menor duda.

Muchos de ellos tienen nombre y apellidos conocidos. Habitan en las arcadias del pensamiento reductor, que es peor que el reducido y pontifican, adiestran e incluso a veces, legislan. Marcan conductas, atemorizan y si pueden, prohíben olvidándose, una vez más, de la igualdad humana, de la búsqueda personal y del derecho a elegir.

Suelen hablar de conspiraciones mundiales, del bien superior, del sentido de la responsabilidad y si fuera posible, les gustaría que todo el mundo pensara como ellos o, al menos, creyera en lo mismo, porque esa es su misión en la vida: arrojar luz donde creen que no la hay sin darse cuenta que cada uno llevamos nuestra lamparita.

Paracaidistas, sí señor, como yo, como usted, intentando salir adelante como todos lo intentamos. Buscando respuestas a preguntas, ¿quién no es buscador? ¿Quién no quiere cambiar la realidad para hacerla mejor, aunque sea la realidad inmediata, esa que roza con nuestra piel?

Usted quizá lidere un cambio, quizá se adhiera a una bandera o a un ideal, quizá no haga nada y nada tengo que decir, salvo que en el sitio en que caí, vi muchos como yo, paracaidistas perdidos, despistados, llevando su mochila en la que traían cosas y metían y sacaban otras. En eso andamos.


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