GUSTAVO HERMOSO

Aunque tengo más canas que otra cosa, tengo que reconocer que me gusta el scalextric. Desde pequeñito me fascinaban las carreras de esos coches eléctricos por las pistas negras. Qué velocidad, qué riesgo. Imaginaba, y aún lo hago, las sensaciones que deben vivir esos pequeños pilotos a bordo de esas miniaturas. Allí, inmóviles, impertérritos, lanzados a toda velocidad hacia la próxima curva, sin más protección que su casco blanco y el valor de su corazón de plástico.
Recuerdo que una vez mis amigos y yo hicimos cálculos de cuánta sería la velocidad real de aquellos bólidos de juguete. Había que calcular las escalas y las distancias para hallar la velocidad relativa sobre la pista. Llegamos a una conclusión, aquellos cochecitos recorrían igualmente kilómetros por hora, pero kilómetros pequeñitos.
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