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Sanidad

GUSTAVO HERMOSO

Aunque tengo más canas que otra cosa, tengo que reconocer que me gusta el scalextric. Desde pequeñito me fascinaban las carreras de esos coches eléctricos por las pistas negras. Qué velocidad, qué riesgo. Imaginaba, y aún lo hago, las sensaciones que deben vivir esos pequeños pilotos a bordo de esas miniaturas. Allí, inmóviles, impertérritos, lanzados a toda velocidad hacia la próxima curva, sin más protección que su casco blanco y el valor de su corazón de plástico.

Recuerdo que una vez mis amigos y yo hicimos cálculos de cuánta sería la velocidad real de aquellos bólidos de juguete. Había que calcular las escalas y las distancias para hallar la velocidad relativa sobre la pista. Llegamos a una conclusión, aquellos cochecitos recorrían igualmente kilómetros por hora, pero kilómetros pequeñitos.

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GUSTAVO HERMOSO

¿Cómo no escribir hoy sobre la foto de los diputados regionales del PP en la Asambleade Madrid? Los pobres, está claro, se aburren. Como mi vecina del segundo, que en las reuniones de vecinos juega con su iPhone y no se entera de la derrama del tejado. Así pasa, que luego dice que no está dispuesta a pagar ni un euro más y es que no se ha enterado de que se le viene el techo encima al del tercero. Es inquietante pensar cuántos asamblearios hubieran deseado echar una partidita y no se atrevieron en la sesión en la que se aprobaba la gestión privada de varios hospitales en Madrid.

Es una cuestión no solo de responsabilidad, sino de respeto. En un momento en el que gran parte del país está que echa las muelas por los recortes y privatizaciones y tiene en la pica a la clase política, estos diputados deberían tener un poco de cuidadín.

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VOZALTA

El mal llamado copago sanitario pretende aliviar el coste de la atención médica. Medicinas y algunos tratamientos han salido de la nómina de prestaciones del sistema nacional de salud.
Una  prueba diagnóstica, una ecografía prescrita como preferente, en Madrid, tarda 112 días en realizarse (imagen). Esos casi tres meses pueden ser la diferencia entre la vida y la muerte. Las citologías tardan medio año de media. Puede también ser la diferencia entre una factura enorme para la sanidad pública o no. Si la patología se detecta a tiempo y el tratamiento se inicia pronto, los costes derivados se reducen drásticamente. Y eso solo por hablar de dineros, porque cuantificar la calidad de vida sería obsceno.
Sin embrago, la Administración no entiende de estas cosas y en vez de aplicar el sentido común, aplica una hoja de Excel. Lo único que importa es que los números cuadren y un ordenador, no entiende de obscenidades.

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VOZALTA

Caronte conduciendo a los muertos a la otra orilla de la laguna Estigia

Deseo de muertos y voluntad de vivos. Con esta frase explicaba José Sánchez Meseguer, doctor en Prehistoria, en la ladera del Cerro de la Encantada, el acto de poner unas monedas en los ojos de los muertos y enterrarlos así. Con ellas podrían pagar el viaje a Caronte. Pero por razones obvias ningún muerto puede pagar su entierro, solo los vivos.

Dado que nos morimos todos sin remedio, el negocio está asegurado, lo que es un auténtico fastidio es la muerte y pagar por ella. Desde los que tienen seguros de defunción hasta los que abandonan este mundo sin previsión alguna, ambos tendrán que hacer frente a una buena factura. Morirse en Madrid, por lo más barato que hay, sale por casi 3.000 euros, llevándote las cenizas a casa.

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VOZALTA

Foto Denis Doyle (Getty Images) / EL PAÍS.

Qué fin de semana. Madrid y Barça han vuelto a verse las caras y todo el país se ha quedado embobado viendo el encuentro. Millones de personas delante del televisor.

Ay, los ídolos. Ronaldo, Messi, Benzema, Piqué. Jugadores, deportistas de élite. Y al día siguiente, Fernando Alonso, que aunque esté de horas bajas con Ferrari, tira lo suyo. Y qué decir de Nadal en el Open de Montecarlo. Grandes deportistas y sin duda, no sin mucho esfuerzo.

Modelos, iconos de la sociedad moderna. Estrellas, como los cantantes o los toreros, aunque la Fiesta esté de capa caída.

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PEROT

Dice la Constitución que todos los españoles somos iguales ante la Ley y no puede prevalecer discriminación por nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social. Los ricos, los españoles, también están amparados por la Carta Magna.
Los derechos son inalienables y una medida de mayor pago para las rentas más altas es inconstitucional. Máxime cuando hay una política fiscal de progresividad en los impuestos. Además, quien tenga una renta alta seguramente se paga su sanidad privada y no pisa un ambulatorio.
Entonces, ¿qué pretende el Gobierno de Rajoy con ese, hasta el momento, globo sonda?. Yo lo llamo “marcar paquete”. Posiblemente prepara el terreno para ajustes aún más duros que afectarán a quien de verdad sufre en sus espaldas la crisis: las clases medias y los asalariados.
Es lo que tiene la mayoría absoluta parlamentaria; la capacidad de legislar sin oposición, libremente, como si esto fuera propiedad solo de unos pocos.
Y todo esto envuelto en un juego de palabras al que nos tiene acostumbrada la clase política, que poco a poco parece que son las reales cuando no lo son. Eufemismos maliciosos que se deslizan sin querer y que, como dijo Goebbles, de tanto repetir lo que no es verdad, acaba siéndolo. Uno de ellos es el copago.
Vender la burra dos veces.
Ya estamos pagando la Sanidad. No es gratuita, la pagamos los españoles (al menos los que no defraudan a Hacienda y que además les amnistían). Y también, las infraestructuras y la educación, así como la justicia y, también, la ayuda extraordinaria a los bancos (esos que nos desahucian) y la Deuda Pública.

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VOZALTA / ENRIQUE FLORES

Me he quedado boquiabierto con la historia del caso Meño. Un proceso de demanda por supuesta negligencia médica que acabó con un joven en coma tras una operación de cirugía estética. Leo en EL PAÍS que tras la demanda inicial a la clínica, que fue condenada a indemnizar con un millón de euros, y tras multitud de apelaciones, otro tribunal, la Audiencia Provincial y el Supremo no dieron la razón a los padres del afectado, Antonio Meño, y les condenaron a pagar las costas del juicio, que ascienden a 400.000 euros.

Sigo leyendo con asombro que la operación de cirugía que dejó en coma a Meño data de 1989.

Los padres de Antonio, sendos jubilados, se apostaron en una especie de caseta de palos y plástico en la plaza de Jacinto Benavente de Madrid para pedir justicia. En febrero pasado alguien preguntó qué pasaba y la historia dio un vuelco. Artículo completo de EL PAÍS.

Gracias a Enrique Flores que nos puso sobre la pista de este caso y lo ilustra con uno de sus dibujos.

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ESTHER SÁNCHEZ

Creative Commons License photo credit: alb Marcos

Un imperdonable olvido del personal de la Fundación Jiménez Díaz hizo que mi madre, de 87 años, con leucemia crónica, problemas de movilidad y sorda, permaneciera desde las 17.00 a las 22.00 en Urgencias de la Fundación Jiménez Díaz, a pesar de haberle dado el alta a las 18.50. Se olvidaron de llamarnos para recogerla.

17.00 del 28 de septiembre de 2010

Mi madre ingresó en Urgencias por indicación de su médico de cabecera que quería descartar un posible coágulo en una pierna. Tomaron datos y se la llevaron a una zona donde los familiares no pueden acceder. Nos indicaron que la revisión podía tardar debido a la cantidad de personas y a la mayor urgencia de otros casos. Hasta ahí, todo correcto.

20.45. Seguíamos sin noticias. Acudí a información para ver qué ocurría. Le indiqué a una persona muy amable que mi madre no podía estar tanto tiempo sin comer ni beber. Esta persona me tranquilizó diciéndome que estaba “perfectamente atendida por profesionales” y que a las 21.00 nos llamarían porque era la hora de las visitas a Urgencias. Bien, parecía razonable. Volvimos a sentarnos a esperar.

21.30. Finalizaron las llamadas sin que nos mencionaran. Volví a información. Conseguí tras un rato que una enfermera introdujera el nombre de mi madre en un ordenador. Con una sonrisa me dijo: “Le voy a dar una buena noticia. Su madre ha recibido el alta a las 18.50”. “¿Y dónde está mi madre?”, contesté sin poder dar crédito a lo que había oído, habían pasado más de dos horas desde el supuesto alta. La sonrisa desapareció de su cara. Se levantó de forma precipitada para preguntar.

21.45. Finalmente, encontramos a mi madre sentada en la sala de espera de Urgencias. Su cara era todo un poema. “Hija, dónde estábais, creía que me habíais abandonado”, me dijo. El médico se disculpó todo lo que pudo, pero el mal estaba hecho. Habían tenido a una persona mayor, sin posibilidad de levantarse sola, sin darle de comer ni beber, casi tres horas después de darle el alta. Por supuesto, pusimos la correspondiente reclamación de la que estoy a la espera de recibir una contestación.

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