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OPINIÓN

GUSTAVO HERMOSO

Foto J.J. Guillén (EFE)

Está de vez en cuando bien consultar el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, la RAE para los amigos. Está bien porque con tanto juego de palabras y tanto enredo, se puede perder el significado de las cosas. En definitiva no es más que una serie de eufemismos o palabras con múltiples sentidos que se lanzan para distraer, confundir o, simplemente, ocultar las cosas.

Veamos qué dice la RAE para diferido, palabra de moda donde las haya, que puede confundirse con diferir: dicho de un programa de radio o televisión, que se emite con posterioridad a su grabación.

Pero cuando se utiliza diferir (aplazar la ejecución de un acto) y se conjuga tan gracioso verbo, puede significar otra cosa o la contraria, como le gusta decir a nuestro presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. Desde luego le han tomado gusto a la palabreja en el PP y la sociedad, tan dada a los chascarrillos, juega con ella como hacen los chiquillos con cualquier cosa que se encuentran. Debe de ser que como el jefe es gallego, le ríen las gracias diferidas en esa ambigüedad tan propia de esas tierras.

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GUSTAVO HERMOSO

Juan Carlos I está maltrecho. No es para menos tras una vida de rey. A sus 75 años, edad no demasiado avanzada para lo que se gasta últimamente, está bastante cascado. Sobre todo en el tema de las articulaciones. Parece ser que los Borbones arrastran una propensión a la artrosis de forma genética. Mala cosa esa de los huesos. Ahora le toca a la columna, que ha dicho basta. Le van a meter en bancada mientras otros se tienen que conformar con paracetamol.

Mirando con detenimiento las pasadas por el taller, como las llama el monarca, se puede apreciar que la mitad de ellas, sobre todo desde que ascendió al trono en 1977, tienen relación con la buena vida, es decir, con una vida de reyes.

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GUSTAVO HERMOSO

Foto Shorpy Historical Photo Archive.

Barrendero en la calle Washington, Nueva York, marzo de 1943.

Me atraen poderosamente las fotos antiguas. Esas fotos envejecidas, desvaídas que atraparon esos momentos de felicidad o insulsamente cotidianos. Es alquimia en estado puro, la esencia de la vida atrapada entre la emulsión y el objetivo. Es la sonrisa eterna, la mirada fija, la emoción detenida como un reloj que solo marca una hora.

No lo puedo evitar. Cuando contemplo esas imágenes viejas, en las que la vida se detuvo en un quinceavo de segundo, comienzo a calcular mentalmente cuántas de las personas que aparecen estarán vivas. A veces no hay duda, todas son un montón de huesos. En otras, por la cercanía de la instantánea, la suerte está repartida, pero en cualquier caso ya nada es igual. Los rostros, la ropa, los paisajes se han decolorado por el efecto de la química, que obstinadamente nos recuerda que el tiempo solo transcurre en un sentido.

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GUSTAVO HERMOSO

Foto LIFE

Resulta que el águila imperial que coronaba la cancillería nazi estaba hueca. Ese ave poderosa posada sobre la esvástica cumplía su misión como emblema en lo más alto del edificio. En sus peores días, antes de ser desguazada o fundida, entre los cascotes de los bombardeos, siguió cumpliendo esa misión, mostrar la realidad.

No es menos cierta una que otra. El brillo y el poder en lo alto del Reichstag era tan real como se mostraba. Sus atributos de metal estaban sostenidos por un pueblo que en algún momento creyó en ellos. Abatida desde lo alto, muestra su otra faz: la oquedad de su interior y la insustancialidad de un sistema. Todo un símbolo, incluso derribada.

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GUSTAVO HERMOSO

El último refugio mide 15 metros cuadrados. Es lo suficientemente amplio para una cama, una mesilla y un gran ventanal que ocupa toda una pared. En un corto pasillo hay un baño y un armario que guarda la poca ropa necesaria. Fuera de ese lugar no hay más que pasillos y salas comunes con iluminación de neón. Un comedor y ascensores que llevan al exterior.

En esos 15 metros se concentran los despojos de una vida que ya no es tal, salvo por el incansable latir de un corazón que bombea la sangre cada vez con más dificultad. Algunas fotos de familiares y poco más. Es el final de una andadura larga que se acaba. En la puerta, un número; por ejemplo, 114.

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GUSTAVO HERMOSO

Me cuenta un buen amigo, lector asiduo de esta página, que está un poco cansado de leer críticas y artículos de opinión sobre lo que viene siendo el monotema de este país, la crisis, la corrupción, el descrédito. Y tiene razón.

Me propone pasar a la acción a través de un sitio web donde se planteen soluciones efectivas para dar la espalda a aquellos que nos esquilman, torean y toman el pelo. Es más, plantea acciones que se podrían catalogar como de radicales, pero efectivas en el día a día. Los descomunales peajes energéticos que tenemos que pagar son un ejemplo y cómo pagar menos, no pagar o buscar fuentes alternativas de energía, en lo que se viene llamando conocimiento suprimido, son algunas de ellas.

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GUSTAVO HERMOSO

Salvador Allende, en el centro, en la última foto en la que aparece vivo.

Qué extraño paralelismo me lleva a recordar a Salvador Allende en Navidad. Quizá sea la sensación percibida de que esta Navidad de 2012 es de las más tristes que recuerda la gente. Lo he oído en el mercado, en el quiosco de periódicos, en la administración de loterías, en el bar. España no está en guerra, al menos en una guerra de balas y fusiles, pero el estado en el que se vive es como de contienda. Desde que empezó la crisis, el gasto medio por persona ha descendido un 37% en Navidad. El consumo retrocede en todos los apartados, menos en el de alimentación, que se recupera tímidamente. Las penas con pan son menos.

Pero ¿qué tiene que ver Allende con esta Navidad?

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GUSTAVO HERMOSO

Foto Shorpy. Comedor de leñadores en Minessota (1937)

Parece que no hubiera crisis. Muchos restaurantes están llenos los fines de semana con personas dando cuenta de paellas, solomillos y rodaballos. Quién se pase cerca de uno de ellos se asombrará. Es como si hiciéramos realidad la máxima de comamos y bebamos, que mañana moriremos. ¿Será por el fin de los tiempos que auguraron los mayas o por aquello de que me quiten lo bailao?

Bueno, no es sorprendente, a los restaurantes se va a comer y en fin de semana para celebrar algún aniversario con niños, suegra y abuela incluida. No se puede esperar otra cosa que gente comiendo. Es como si se va a un hospital y causa asombro el que esté lleno de enfermos y miasmas. No se puede decir que este país sea tierra de enfermos o de yantadores por esa simple observación.

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