GUSTAVO HERMOSO
Foto LIFE

Resulta que el águila imperial que coronaba la cancillería nazi estaba hueca. Ese ave poderosa posada sobre la esvástica cumplía su misión como emblema en lo más alto del edificio. En sus peores días, antes de ser desguazada o fundida, entre los cascotes de los bombardeos, siguió cumpliendo esa misión, mostrar la realidad.
No es menos cierta una que otra. El brillo y el poder en lo alto del Reichstag era tan real como se mostraba. Sus atributos de metal estaban sostenidos por un pueblo que en algún momento creyó en ellos. Abatida desde lo alto, muestra su otra faz: la oquedad de su interior y la insustancialidad de un sistema. Todo un símbolo, incluso derribada.
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